9 cosas que aprendí siendo un niño con Altas Capacidades

Este pequeñajo con los mofletes rechonchos soy yo cuando tenía unos dos añitos. 

Dicen que era un niño especialmente curioso, inquieto y observador. Al parecer, a los tres añitos ya hablaba perfectamente, y eché a andar antes de cumplir los nueve meses. Mi madre siempre cuenta la anécdota de ese día, que estaba en los brazos de mi padre, cuando al pasar por una tienda Disney y ver un Buzz Lightyear gigante pedí bajar y me fui caminando hasta él…

Y entonces a los tres añitos sucede algo que marcará mi infancia, mi adolescencia, y en general mi historia personal: el divorcio de mis padres. 

Cuando me preguntan siempre digo que uno de mis grandes sueños en la vida es tener hijos. No me imagino nada más maravilloso que eso, aunque soy plenamente consciente de que debe ser de las cosas más difíciles del mundo. Por eso ahora, desde una mirada adulta y trabajada, soy capaz de mirar con ternura y agradecimiento aquellos años. Porque si ya debe ser complejo ser padre, imaginemos por un instante ser padre divorciado, y encima padre divorciado de un niño con Altas Capacidades. Como dice un amigo mío: ¡haber elegido muerte!

No me gusta dar consejos, principalmente porque no me considero quién para darlos. Pienso que las decisiones se toman en base a contextos, y cada uno tiene el suyo. Lo que sí me gusta hacer es compartir mis aprendizajes. Porque quizás en ellos alguien pueda encontrar inspiración. 

Por eso he extraído 9 mensajes que he aprendido gracias a mis padres, en mi devenir como niño y adolescente con AACC, y que me encantaría poder aplicar con mis hijos algún día:

1. Ellos son más

Cuando entrevisté a Javier Recuenco en JuegoConSentido, un tipo muy conocido en el mundillo de las Altas Capacidades, hubo un momento que, al borde de las lágrimas, me dijo: “Iván, llevar razón está sobrevalorado…”

Me impactaron mucho aquellas palabras. Se estima que apenas un 2-10% de la población mundial tiene Altas Capacidades. Pretender que un 80-85% de la población se amolde a las características de una minoría residual es, a parte de tremendamente ingenuo, tratar de llevar razón. 

Y sé que esto causa polémica, pero para mí el camino de un AACC comienza cuando se comprende que el esfuerzo de integración lo tenemos que hacer nosotros. Este es el único punto de partida que yo he encontrado para iniciar el trabajo que posibilita vivir en paz y armonía con uno mismo siendo funcional en un mundo diseñado para la norma. 

2. Ayúdame a entender que la conducta nunca está justificada

Conozco a adultos con AACC completamente corrompidos, incapaces de escapar de la prisión mental que han construido en torno a su papel de víctima de una sociedad que no les comprende. 

¿Y hay algún antídoto?

Sí. Si eres padre y tienes un hijo con AACC, busca la manera de que nunca pueda convertirse en víctima de su propia condición

Sé de primera mano lo duro de digerir que es esto. Pero si le otorgas a un chaval la herramienta para excusar o justificar su conducta, entonces le estarás privando de la oportunidad de que se haga responsable. “Response-hability”, la “habilidad de responder”. Un adulto irresponsable es un adulto insolvente, preso continuo de la voluntad de un mundo feroz que lo pondrá a prueba constantemente. 

Los problemas que van a tener que enfrentar en su vida no los van a poder resolver con excusas. ¿Cuántos adultos conocemos que tienen siempre una excusa para cada problema, en lugar de una iniciativa, una idea, o una ilusión por intentar resolverlo?

Un chaval con AACC es una máquina de fabricar excusas.  Y cuanto más se premia una estructura de pensamiento más se incrusta. 

3. Enséñame a gestionar la frustración

¿Qué es la frustración?

Si nos paramos a pensarlo, uno no se frustra cuando las cosas le salen mal. Es decir, el fracaso no es la causa. Lo que nos frustra es pensar que no deberíamos de haberlo hecho mal. Es decir, que el fracaso era un proceso evitable. 

¿Por qué sucede esto?

Pues porque nos pasamos al menos veinte años, especialmente la etapa de la poda sináptica, adquiriendo el arquetipo mental de que fallar está mal. Nos educamos en un sistema que penaliza el error y premia el acierto. Y esto funciona en un entorno académico, de laboratorio, donde acotamos los problemas para que tengan relaciones causales resolubles. Pero cuando salimos ahí fuera, nos damos cuenta de que el mundo real funciona muy distinto, mucho más a base de correlaciones que de causas, mucho más irracional e irresoluble. De modo que cuando las cosas nunca suelen salir como esperábamos, nos frustramos. Es decir que nos frustramos cuando nuestros resultados están disociados de nuestras expectativas. 

Y en un AACC esto es aún más pronunciado, porque el sentido de la justicia está exacerbado, y el mundo es de todo menos justo. Creo que es sano aprender esto desde niño.

¿Iván, y cómo se trabaja la frustración?

Frustrándonos. A frustrarse se aprende frustrándose. Hay que hacer cosas, y nos tienen que salir mal. Y nos tenemos que enfadar. Y lo tenemos que aprender a integrar. Y uno tiene que darse cuenta que, en condiciones normales de presión y temperatura, las cosas suelen ser mucho menos catastróficas de lo que parecen. Y que, en el fondo, todo importa mucho menos de lo que pensamos.

4. Ayúdame a entender que no estoy roto

Cuando Mario y Ainhoa me invitaron a su podcast Alas Para Volar de la Fundación Jasón, dije que lo que mayor impacto había tenido en mi desarrollo personal había sido descubrir que no estaba roto. Que no había nada roto en mi, que simplemente no tenía las herramientas para gestionar ciertas cosas. Como el que camina en una habitación a oscuras: la cama está ahí, los muebles están ahí. Solo tenía que aprender a dar la luz.  

Con frecuencia, una de las mayores causas de frustración en un AACC es su sensación de incomprensión. Solemos meterle exceso de cognición a todo, porque lo que nos sucede en el pecho parece aleatorio, y eso nos asusta. 

Los AACC sufren desde la infancia procesos de disincronía. Es como si hubiese dos niños: el que viaja acorde a su desarrollo emocional, acorde a su edad, y el que razona con catorce como un adulto de treinta. Su cerebro funciona distinto, su sensibilidad es distinta, y eso se olfatea. Y el ser humano es profundamente tribal. Venimos codificados de serie con pretensiones atávicas de formar parte de algo, de ser parte del grupo. Algunos lo suplen con la religión, otros con el equipo de fútbol, otros con la familia… pero todos necesitamos ser parte de algo para sentirnos completos. 

Y detrás de las relaciones humanas no hay un proceso lógico. ¿Qué lógica puede haber detrás de aferrarme al pensamiento de que cuando mis padres fallezcan van a ir a un sitio llamado cielo donde todo es maravilloso, el mal no existe y desde ahí me observan y me cuidan hasta que me reencuentre con ellos? 

Pues ninguna. 

Pero resulta que, llegado el día, cuando mis padres fallecen, de repente el aferrarme a esta creencia me hace sentir mejor. Y me ayuda a gestionar mejor el duelo. Y soy más feliz. Soy más funcional. 

¿Y entonces por qué? Solía preguntar yo

¿Y entonces qué? me solía responder una persona que me ayudó a ver muchas cosas. 

¿Qué más da…?

Y eso conecta con el siguiente mensaje: 

5. Ayúdame a entender que no todo tiene una explicación

Quizás todo tenga una explicación, pero no siempre vamos a ser capaces de encontrarla… e incluso aunque lo fuéramos, encontrarla no siempre es lo más inteligente

Cuidado con que nuestra fortaleza de la cognición se convierta en una maldición. Hacerse adulto implica descubrir que la vida está llena de cosas para las que no encontramos una explicación lógica, que no son sistemas causales sino correlacionales, y que nuestra ventaja muchas veces no está en saber resolver sino en saber surfear. En saber integrar, en saber aceptar las cosas. En que muchas cosas no requieren de usar la cabeza, por que como decía Ariely, «el humano es previsiblemente irracional». 

Y por eso:

6. Apúntame a un deporte de equipo (aunque no quiera)

Los procesos de aprendizaje se fundamentan en principios de hormesis. Es el roce, la fricción, el sufrimiento en dosis controladas lo que nos va fortaleciendo. Y los AACC tenemos una especial necesidad, dada nuestra disincronía, de aprender lo que yo llamo “herramientas de lubricación social”. 

Es imprescindible que aprendamos a tratar con personas. Y a tratar con personas se aprende tratando con personas. 

Nos tenemos que caer, nos tenemos que dar una paliza, nos tenemos que insultar, tenemos que decirle a la chica o el chico que nos gusta que nos gusta, y que nos pinten la cara; nos tenemos que abrazar, que besar… hay que hacer. Y a hacer se aprende haciendo. 

Y un chaval esto no siempre tiene por qué estar preparado para comprenderlo. Yo soy siempre partidario de que se lo expliquemos, y sobre todo, que nos ganemos la confianza para hacer lo que los japoneses llaman (y Roberto Canales me repite mucho) el “suhari”. Ese salto de fé cuando no entendemos las cosas porque apostamos que es por nuestro bien. 

¿Iván y el club de robótica?

Pues yo creo que también, pero después del fútbol.

Porque si yo soy un chaval guapete, que como juega al fútbol tiene buen tipo, y un grupo de amigos, que además socializa bien y saca buenas notas; entonces apuntarse al club de robótica lo hace alguien interesante. Pero si yo no soy muy bueno socialmente, y solamente saco buenas notas y voy al club de robótica, entonces soy un friki. Y eso no es interesante, eso en las dinámicas sociales, especialmente en las adolescentes, genera rechazo.

“Iván pues vaya mierda, esto es super injusto…”

¡Sí, bienvenido al mundo real! Es frustrante, ¡claro que sí! 

Pero ahora el chaval ya sabe que ellos son más, que no todo tiene por qué tener una explicación, le hemos enseñado a aceptar para gestionar su frustración, y le hemos apuntado a un deporte en equipo que le ha dado un grupo de amiguetes, le ayuda a mantener el tipo, y encima es un chaval inteligente e inquieto, con proyectos en mente, que se apunta a un montón de cosas, que de vez en cuando escribe, que toca la guitarra… 

Es cuestión de tiempo que haga amigos, que tenga oportunidad de ligar, que le acepten dentro de un grupo…  

Y esto está posibilitando que tenga un desarrollo sano, hormonal y emocional. Porque pone su cabeza y su energía a trabajar en lo que tiene que trabajar, y no en perderse en un nihilismo o en cosas que no le llevan a ningún sitio.  

Y esto me lleva a un descubrimiento que yo he tenido hace muy poco:

7. Apúntame a Teatro

Hace poco escribí un artículo donde hablo de esto del teatro. Una manera maravillosa de canalizar el exceso de energía de un AACC, que con tendencia suele desviarse hacia pensamientos que solo le complican la existencia, es a través de la creatividad: los retos, los proyectos. El emprendimiento es una de esas derivadas. Y la otra es el arte. 

El arte es un vehículo para la expresión genuina. Y lo mejor de todo es que en el arte, a diferencia del resto de contextos en los que el chaval está acostumbrado a moverse, no suele haber fronteras. Hay una libertad absoluta para ser, un lugar donde todo el mundo está acostumbrado a explorar, porque para crear hay que explorar, y por lo tanto a equivocarse. 

Y esto abre la puerta a tener espacios donde poder hacer sin sentirse juzgado, donde encontrar más buscadores como nosotros, donde la divergencia es una norma, donde hay espacio para ser parte de un grupo. Hacer teatro nos ayuda a exponernos, a gestionar mejor lo que piensen de nosotros, a hacer el ridículo. 

Y a entender los procesos de mejora, que no son inmediatos. Y por eso:

8. Edúcame en la disciplina del esfuerzo

Creo que las nuevas generaciones estamos olvidando el valor del esfuerzo. Que nos estamos perdiendo entre ikigais y propósitos, y que eso no nos beneficia. 

Tony Nadal tiene un libro que me encanta, llamado “Todo se Puede Entrenar”, donde reflexiona que “a los niños hay que enseñarles que para que haya una cabalgata, tiene que haber público, y que a veces nos toca ser parte de la carroza y otras nos tocará aplaudir desde las gradas…” 

Que “un partido de tenis solo lo puede ganar uno, y para que uno gane el otro necesariamente tiene que perder”. Y que por tanto “es altamente posible que perdamos, pero nadie puede arrebatarnos intentarlo con ilusión…”

Creo que aprender a desvincularnos del resultado nos entrega el espacio necesario para disfrutar del proceso. En un mundo complejo donde quizás más de la mitad de todo sea serendipia, estar en el sitio adecuado, en el momento adecuado, con el contexto adecuado; empeñarse en encontrar aquello que nos gusta para ser felices puede ser una trampa mortal. Quizás vivamos mejor si dejamos de esperar tanto lo que nos gusta y empezamos a encontrar el gusto en lo que hacemos.

Que el hecho de que la realidad sea dura y conseguir las cosas sea difícil, que no lleguemos siquiera a conseguir el resultado, es indiferente. Porque quizás lo interesante esté más en permitirnos vivir el proceso de intentarlo con ilusión

Y eso para mi es la disciplina del esfuerzo: aún sabiendo que nada está decidido, y que la probabilidad de que nuestras desorbitadas expectativas converjan con la realidad, somos capaces de disfrutar de la persona en la que nos vamos convirtiendo cuando nos dejamos curtir por los procesos donde sacrificamos, donde nos esforzamos, donde ponemos las ganas. 

Como el gimnasio, que aunque siempre da pereza, cuando sales de haberte esforzado siempre te queda una buena sensación. 

9. Gracias (por hacer lo que pudisteis con lo que supisteis)

Y por último, quizás el más importante de todos: aprender a coger perspectiva. Mirar de vez en cuando de dónde venimos para poder ser un poco más agradecidos con el camino. 

Los niños no venimos con un manual de “críame así” al mundo. Y, como ante todos los grandes retos de la vida, uno seguramente nunca esté lo suficientemente preparado para ser padre. 

Lo que sí se puede tener siempre es la humildad para afrontar el reto con la predisposición a estar equivocado, a rectificar cuando indudablemente nos equivoquemos. Porque nos vamos a equivocar. 

Pero eso es la vida, ¿no? Intentarlo, cagarla, aprender y volver a intentarlo. Con ilusión. 

Por eso creo que hay que ser exigentes, pero tampoco demasiado… 

Y que, en el fondo, un padre siempre cuenta con una especie de superpoder llamado amor. No soy capaz de recordar ninguna situación, la más dura o traumática que haya vivido, que no me haya sido un poco más llevadera con un beso o un abrazo de mis padres. 

Así que cuando no sepamos cómo hacer las cosas, quizás podamos tirar más de ahí. 

Quizás sea un buen recordatorio de que nunca neguemos un abrazo. 

Porque eso sí que es una buena medicina.

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