Por qué deberías apuntarte a Teatro

Estoy a punto de cumplir un año desde que inicié mi aventura artística. He de decir que no me imaginaba, ni por asomo, el gran impacto que ha tenido aquella propuesta insensata engendrada por quien considero uno de mis grandes mentores, Roberto Canales, y secundada por sus malvados compinches, Santana y Recuenco, sin duda otros dos grandes referentes.

“Apúntate a teatro”, me insistían. 

Y eso hice. 

¿Iván, y por qué coj**** les haces caso? Te plantearás. 

Pues es una buena pregunta. 

Probablemente haya una gran dosis de esa insensatez característica que me impulsa a meterme en líos de los que, en la gran mayoría de ocasiones, no tengo ni idea de cómo salir…

Quizás, incluso vinculante a lo anterior, esa sensación de abordar un reto indecente en el que uno se siente extremadamente inútil y tiene que esforzarse con desgaste en volverse competente, no voy a mentir, me pone un poco. Siento una profunda estimulación en el proceso traslúcido de verse superarse a uno mismo.  

Y puede que quizás, en el fondo, siempre haya habido una vena artística en mi interior esperando la bujía que la dejara florecer… 

Sea como fuere, estos últimos doce meses he dedicado más de 320 horas a formarme en Teatro Musical, la rama artística que engloba las tres disciplinas core: danza, canto e interpretación. 

Sé lo que estás pensando. Y sí, estás en lo cierto. Ya puestos a hacer el ridículo, ¿por qué no hacerlo por la puerta grande?

Contando las aproximadamente cuatro mil horas efectivas de las que dispone un año (descontando tiempos de sueño y comidas), un ingeniero aeroespacial reconvertido en emprendedor ha dedicado casi un 8% de su año a tirarse por los suelos de un escenario, a cantar delante de desconocidos, a besar a una chica en escena, a intentar hacer una maldita pirueta, y a tratar de coordinar sus estúpidos brazos con el movimiento de sus desobedientes piernas al ritmo de la música. 

Pero, sobre todo, y por si no fuera ya suficiente para un introvertido aprendiendo a ser funcional; a dejarse abrir en canal. A soltar la incomodidad de volverse vulnerable. Porque, como en toda manifestación artística, solo es pura si está cargada de verdad. Y la verdad nace de dentro. Bonita paradoja que, para interpretar a un personaje, primero haya que deconstruir el nuestro… 

Y tócate los hue*** que, para alcanzar el cúlmen de lo absurdo, resulta que el feedback de mis profesores y compañeros es que “tengo talento”. 

Bonita paradoja que, ahora, un año después de iniciar esta aventura, el que te recomiende hacer teatro sea yo. 

Porque igual haciendo teatro uno pueda encontrar solvencia para muchas situaciones de la vida…

La burbuja del talento

Toni Nadal dice en su libro aquello de que “el talento es la capacidad de aprender”. Respeto mucho las reflexiones de un tipo que, cuando su sobrino está disputando la final de un Grand Slam, le dice: 

“Rafael, Federer es mucho mejor que tú. Tiene mejor drive que tú, tiene mejor volea que tú, y el saque ya ni te cuento […]  Él es mejor que tú. Pero tú puedes ganar si juegas cada punto como si fuera el último, si corres más que él, si le pones más ilusión”. 

Creo que hay una profunda sabiduría en esto de la ilusión.

He crecido bajo los estímulos del “si quieres, puedes”, “si lo visualizas, lo atraes” o “si te mantienes constante y trabajas duro, lo terminarás consiguiendo”. Mítica frase de Marty McFly en Regreso al Futuro: “si te lo propones, puedes conseguirlo todo” que simboliza el dogma de toda una generación.

Pero cuando uno decide hacerse mayor, suele descubrir que la realidad tiene el antojo de mostrarse mucho menos romántica, mucho menos simplista. Solemos ser el producto de nuestro contexto, de la convergencia aparentemente irracional de un conjunto de circunstancias y casualidades que nos han ido dando forma en el tiempo hasta ser lo que somos, fruto de lo que fuimos. 

Esto quiere decir que seguramente uno no tenga la capacidad de elegir sus cartas, pero sí deba, casi como imperativo moral, como sentido de su existencia, decidir cómo se obstina en jugarlas. 

¿Y qué sentido tiene jugar sin ilusión?

Pocas personas he conocido en mi vida con tanta pasión como las que estoy conociendo en teatro. Seres que se abren en canal para convertirse en el vehículo transmisor de un estímulo capaz de conmover el alma…

Y todas ellas son conscientes de que, al igual que la final de un Roland Garros sólo la puede ganar uno, el papel de una obra de teatro solo lo puede interpretar uno. 

Quizás, al final de todo, la vida vaya de eso. De que a veces solo puede quedar uno. Y que a veces, simplemente, no nos toca. De que a veces quizás haya que quitarse el papel de protagonista y sentarse en las butacas a disfrutar de la obra. A veces, quizás, nos toque aplaudir en lugar de relucir.
Y que eso no quita que uno no pueda emocionarse, que uno no pueda, pese a todo, empeñarse en intentarlo con ilusión.

El arte de escuchar

Habré pasado más de 30 horas, sin exagerar, dando vueltas a una sala haciendo gestos y sonidos extraños. Lo llamamos “contagio”, y es un ejercicio de elenco que sirve para aprender a estar presentes. Desde un estado de reposo, uno va caminando y observando al resto de sus compañeros y se va “contagiando” de lo que les pasa. 

Algo muy curioso sucede cuando uno, de forma genuina, comienza a reírse y el resto, fruto del contagio, se “dejan modificar” por esa risa. Al principio tu cuerpo suele manifestar un rechazo descarado: “pero qué narices hago yo haciendo el retrasado de esta manera…” Pero, con el tiempo, la magia sucede. Fruto del cansancio, las defensas se relajan, y uno comienza a soltar. Desiste en su lucha por resistirse. Y de repente, y sin ser casi consciente de cómo ni cuándo, estás haciendo el simio por la sala, y ya no sientes forzada tu imitación del otro. Simplemente, estás ahí. Te está pasando. Estás presente.

Pero lo más interesante del ejercicio es que uno no puede forzar lo que le pasa, simplemente le sucede. Al principio nuestra pulsión por intervenir nos lleva a forzar, a sobreactuar. Con el tiempo, uno simplemente se deja llevar. 

Cuando este ejercicio se traslada a la escena, uno se da cuenta de que haciendo el retrasado en realidad lo que ha entrenado es la habilidad de resistirse a intervenir. De situarse en la escena, como elemento de un sistema mucho más complejo. 

Mi profesor de interpretación pone mucho énfasis en esto de “modificar”. El actor actúa porque le pasan cosas. Y en escena, a uno le pasan cosas porque al otro le pasan cosas. 

En la vida, a uno le pasan cosas. Y, en general, nos suelen pasar cosas porque convivimos con otros a los que también les pasan cosas. A veces nos ahogamos en nuestros océanos de problemas, sin darnos cuenta de que, si tomáramos la suficiente perspectiva, quizás descubriríamos que solo somos simios haciendo el retrasado en una sala. Que lo que nos ocurre tendría mucha menos relevancia si decidiéramos soltar un poco más, y tensar un poco menos. 

Quizás uno pudiera aprender del teatro que nos volvemos mucho mejores personas cuando rebajamos las defensas para permitirnos contagiar del otro. Que a veces toca apartarse el foco de la cara para darse cuenta que somos parte de algo mucho más grande. Que a veces, aunque debamos resistir nuestras pulsiones, toca no intervenir. Dejar los espacios sin rellenar para que otros puedan contagiarse. O contagiarnos…
Que la vida tiene sentido cuando nos pasan cosas. Y que nos pasan cosas cuando nos permitimos estar presentes.

El arte de improvisar

El primer día que acudí a las clases estaba más perdido que un pulpo en un garaje. Imagina entrar a una sala con otros 19 extraños vestidos en hombreras y mallas ajustadas, que saltan y giran por el espacio a la vez que levantan su pierna hasta la altura del hombro y esbozan figuras con los brazos. Pas de Bourrée, Tendús, Plier, Relever… Aprendí más francés en hora y media de Clásico que en 4 años de instituto…

Pero allí estaba yo, yogurín de metro sesenta, arrítmico perdido, tratando de imitar los movimientos de compañeros que llevaban hasta doce años bailando. El mismísimo Patito Feo.

No obstante, fruto de mi obstinación (que todo hay que decir, no siempre resulta una cualidad) nunca fue una opción darme por vencido. Cada clase pedía grabar al profesor para poder después repetirlo en casa, y llegar la semana siguiente siendo un poquito menos torpe, un poquito menos incompetente. Al principio fruncían el ceño: “qué dice éste de grabar, está gil******?”, después acabé siendo “el de los videos”, y a día de hoy ya es una práctica casi rutinaria en las clases. 

Cada clase trataba de ponerme en primera fila. La experiencia me ha mostrado en este último año que lo usual en los novatos como yo es ponernos al final. Uno se expone menos ahí. Pero en mi terca ingenuidad pensé que desde el fondo el profesor me vería menos, con lo cual a parte de poder compadecerse menos de mi estrepitoso ridículo, podría corregirme mucho menos. Así que al final siempre acababa en primera línea. A cambio, ofrecía a mis compañeros un enérgico espectáculo de todo lo que no había que hacer… 

Llegué a ser tan cabezón, que hasta me jugué con mi profesor de clásico una cena en el restaurante más caro que él mismo eligiese, que sería capaz de hacer una pirueta en apenas un mes. Un alumno de clásico tarda, de media, unas trescientas o cuatrocientas horas en ser capaz de hacer una sola pirueta limpia. Yo me aventuré a sacarla con menos de cincuenta. 

Qué fuerte, Iván, ¿y lo conseguiste? 

¡Pues claro que no! ¿Estamos locos? Creo que en ningún momento pasó por mi cabeza la posibilidad de conseguirlo. Simplemente, me obstiné con ilusión. Porque, al fin y al cabo, ¿qué podía perder? Como solía decirme Roberto, “el que nunca pierde solo puede ganar”. 

Una vez escuché a Ramon Nogueras decir que la conducta compartida en las personas que se consideran exitosas es su alto grado de exposición al . Suelen lanzarse a la aventura, a propuestas inexploradas, a salir de su zona de confort en un porcentaje mucho más alto que las personas que se consideran poco exitosas. 

Así que aún debo una cena. Pero quizás la vida vaya también un poco de eso, ¿no? De jugarse más cenas. De tener un poco menos de aversión a lanzarnos al vacío. Porque sigo sin ser capaz de hacer una pirueta limpia, pero cada clase lo vuelvo a intentar con ilusión. 

De darse cuenta que, quizás, las cosas nos serían un poco más propensas si aprendiéramos a soltar nuestras expectativas, a deshacernos de nuestra constante pulsión por idealizar el resultado final de lo que debemos ser, o conseguir. Porque sí, un año más tarde, sigo siendo un Patito Feo. Pero ya no soy tan feo.

Quizás del teatro uno pueda aprender a improvisar un poco más, a fluir un poco más. A ponerse en primera fila, a hacer un poquito el ridículo. A tratar de ser, simplemente, un poquito mejor que el día anterior. A arriesgarse un poco más. Y a darse cuenta de que, quizás, lo peor que puede pasar es que terminemos invitando a algunas cenas

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Deseo que algún día te sientes a contemplar a otro y pierdas la noción del tiempo. Sientas el espacio desaparecer, el burbujeo en el pecho. Que el ruido interior se apague, y tus ojos reluzcan, conmovidos por un tipo de belleza indescriptible. No sabréis nada el uno del otro, y no hará falta. Porque durante un instante eterno, habréis quedado conectados por el hilo invisible de lo sublime. 

Quizás por eso haya decidido hacer teatro.

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